Y el chañar me trae tu rostro

Mi hermano ha matado a mi hermano, digo casi en susurro mientras el aire es fresco temprano en la mañana, en este entorno serrano en donde la lejanía es tupida por el monte y la cercanía es una mezcla de trinos y vuelos que buscan el alimento. Miro hacia el cielo, límpido azul que refleja nada, porque sé que no es ahí donde he de buscarte; esa idea de “ganarse el cielo” es casi perversa porque implica sufrir mientras tienes conciencia para ganar un premio cuando no eres mirada, tacto, risa ni besos. Mis manos en los bolsillos, mis pasos cansados, sin rumbo. Mi alma dando en los mazos que no rezan, porque ya no tiene sentido. Porque los finales son sólo eso: finales. Inesperados. Absurdos. El horror hecho acto. Dar una caminata fue la idea para calmar las tempestades desatadas en la mente con torbellinos, vientos de recuerdos, encuentros, travesuras cómplices cuando la infancia nos golpeaba con la realidad cotidiana. Tempestades de ausencias hechas carne concreta, saber pero además tener la certeza de ya no más, que los ciclos vitales dejaron de ser y sólo el recuerdo nos une en el regocijo. Tengo en mí a los tres, los llevo prendidos en la piel que quema, en la idea que hiende, en la mirada que es a la vez obsidiana que se hunde en el desamparo de saberse Una. No más dos, tres ni cuatro. Esquivo una piedra en orilla del lago. Observo el espejo de agua: calmo, no hay viento tampoco botes de pescadores ni lanchas haciendo ruido, es la naturaleza que se manifiesta en su intensidad cuando el hombre no rompe su estado. Así es la sierra cuando la maldad del hombre descansa, hay paz, convivencia de seres en forma de pájaros, árboles, personas, animales y humanos. Este paisaje es el que abraza a la rabia que me abrasa. Mi hermano ha matado a mi hermano. Lo susurro, tal vez con la esperanza de que por repetirlo sea una verdad aceptable, una realidad incontrastable y; por lo mismo; un hecho como cualquier otro. Una circunstancia. Un acto más de la sinrazón humana. Lo repito para que la herida no me fagocite, el horror no me arrase, el dolor no me anule. Lo digo mientras mis pasos me llevan por lugares conocidos bajo árboles que siempre, desde niños, han estado ahí. Lo digo para no olvidar. Llego hasta el chañar, del que alguna vez de chicos hemos recogido sus frutos, la abuela con el ojo atento a que no nos hiciésemos daño pero complacida de la simpleza de nuestra alegría. Ella, la abuela, era la alfarera y la artesana, nos modelaba con la sabiduría heredada de los pueblos ancestrales, nos amaba con ese amor mezcla de agua y bronce (el color de su piel) cuando la caricia era ternura única, inigualable, nacida desde la pureza del corazón y la limpidez del alma, la abuela que no sabía de ciencia pero sí era erudita en conciencias ella fue la brújula imprescindible para hacer el camino. La abuela que se hizo faro y luz, la que nos dignificó en las carencias. La que nos alimentó y abrigó cuando la vida arreciaba. Y crecimos. Y nos atropelló la existencia. Y nos arrebató la inocencia la dura realidad de que oportunidades hay, sí, pero para otros. Nos Fuimos acostumbrando a que si nos amputaban un sueño ya tendríamos otro. A que si nos negaban ser persona teníamos el refugio de la dignidad para ir hacia otro espacio, otro tiempo, otro devenir. Crecimos y nos fuimos reconociendo el uno en el otro. Tan parecidos los tres, tan inconscientes de los genes como de que éramos parte, forma, sentido de los que nos antecedieron. Y nos enamoramos. Y ustedes tuvieron hijos mientras yo elegía la senda de amar a una igual. Ustedes dos hombres maravillosos yo apenas una mujer que elegía qué batalla dar. Y nos fuimos perdiendo… Lloramos abrazados la partida del gordo, el hermanito mayor y vos buscando en mi pecho, entre mis brazos, el consuelo como hermanito menor. Ahora son los recuerdos los que hilvanan nuestra historia. Mi hermano ha matado a mi hermano, murmuro, una vez más. Y trato de calmar mi mente afiebrada diciendo “hermano no, porque no llevamos la misma matriz, los mismos contenidos… un avenido no es un hermano… por más vientre que se haya compartido… por más costumbre impuesta por unos adultos con la crueldad de la ignorancia…” Rechazo. Me opongo. Lo niego. Hermano no… Vos sí, vos eras mi hermano, vos y tu tosca ternura protectora, vos y tu sencillez en el cuidado. Vos, el hermanito menor, el quijote que peleaba contra los molinos de viento y a veces ganabas. Levanto la mirada, el chañar está cargado de frutos, te veo con tu carita pícara estirando la mano para recoger la vaina que esconde el fruto de sabor único. El chañar me trae tu rostro y yo comienzo a aceptar que el resultado de cualquier tragedia es la soledad.
 

Comentarios

  1. Una historia sufrida y vivida entre hermanos, con tristezas y alegrías, los hizo de Roble, excelente narración de tus recuerdos, y así debe ser , llevar lo mejor de lo vivido en el corazón, eso es vida,y trae paz ,creo en la Justicia Divina , un abrazo

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  2. El chañar te trajo su rostro y pudiste escribir este relato vividamente redactado intenso y fuerte de esta historia, tu historia donde aparecen los bellos momentos de la niñez compartida; pocas palabras sirven de consuelo frente e la tragedia sufrida mí amiga....solo el tiempo, quizás, pueda mitigar este dolor.... Te abrazo con el alma...

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