La vida es aprendizaje, aceptación, rebeldía. La experiencia se adquiere con los años, con los errores y los aciertos, con los amores y desamores, con lo justo pero también con las injusticias. La pintura es de la diosa Dite, tomada de la web. Abrazo a la que lee.
Una mujer
Una pequeña mujer camina a paso lento a orillas del mar. Hebras de plata en su cabello, venas anchas, vitales, sobresalen en sus manos, en las palmas resaltan lo áspero de las durezas del trabajo continuo y constante. Una mujer que supo ser ráfaga y ahora es apenas una brisa, que fue hacedora y se descubre inerme con la finitud de lo humano: conciencia del tiempo, del amor, la risa, el canto, la danza... y la muerte. Su anhelo mayor es que Dite le abra la puerta, para que en honor a sus padres, Temis y Zeus, le provea de la paz que deviene de lo moralmente justo. La Justicia es lo que equilibra el caos, es la que provee esperanza, es el bálsamo ante la embestida de la crueldad. El estar dentro es más que una
idea, es un deseo, una necesidad porque así son los mortales; a un altruista se le opone un egoísta, a un estudioso le reta un holgazán, a un justo el arrebato de un ladrón. Justicia, justicia pedirás. Una mujer pequeña, de piernas robustas, brazos fuertes, caderas anchas; en la playa, a orillas del mar, las manos sudadas, la espalda algo encorvada al caminar, la mirada baja, perdida en los pensamientos que le asaltan, tumultuosos. Suspira. ¿Dite, qué prevalecerá? ¿Tu espada? ¿La balanza? Aprieta su puño, diente contra diente en su boca, siente que Ares arremete con toda su carga guerrera, le impele a una lucha que, en incontables ocasiones, consiste en batallas perdidas de antemano. Camina con el peso de los años pero también con la pesada carga de las injusticias, del desbalance entre el poder y la simpleza, entre la crueldad y la empatía. Entre lo absurdo de la violencia y la inutilidad de poner la otra mejilla. Camina con la certeza de que no importa qué haga, qué diga, a dónde vaya el resultado será siempre el mismo. ¿Dite, será que no existe la justicia así como no hay amor que rescate, que salve, que sea refugio y alimento? Siente cómo la rabia se convierte en el combustible que aviva
el fuego que le consume huesos, sangre, vísceras, corazón, arde pero pugna por no doblegarse. Una mujer pequeña camina a la orilla del mar, la hiel se le hace saliva amarga en la boca, persistir,
persistir sin importar el descenso hacia el infierno personal,
consciente de una fe que no existe, o al menos ya no es lo que era. Cloto, Láquesis y Átropos le miran, le miden, le sopesan. Ananké, etérea, imponente pero a la vez imperceptible, acompasa su camino. Una mujer con hilos de plata en su larga cabellera, su mirada zarca y acuosa, con su andar acompañando el susurro del mar que lame la playa una y otra vez, en ese movimiento de llegar y retirarse, olor a sal, espuma que se disuelve en la arena... Una pequeña mujer asume su condición humana, acepta el juego de los dioses con sus dados, admite que el destino dicta, guía, impone; levanta su cabeza, mira hacia el horizonte y ríe, carcajada feroz, brutal, abarcadora, ríe y las lágrimas no
son de redención, ni de condena, sólo lágrimas de aceptación y derrota...
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